Estimadísimos/as,
Hace mucho tiempo que tengo abandonado este blog. Si no fuera por Analiala, hubiera estado frito. Gracias.
No sé por dónde empezar. Tengo un empacho de policiales nórdicos que a veces se me entreveran, aunque ya les contaré sobre eso en otro post. La catarata de libros leídos ultimamente se debe al e-book, donde he eliminado el peso de los que tienen muchos kilos y el pago del flete desde Amazon. Además, es un vicio y cuesta mucho no clickear en "buy it now" sabiendo que en un minuto lo tenés disponible para leer. Hecha esta presentación de mi estado de lectora compulsiva, voy a reintegrarme con dos policiales del vasco Jon Arretxe, leídos en papel. Fue una muy buena desintoxicación de hielos, marismas, sectas religiosas y personas con incapacidad de comunicación.
Los dos libros se desarrollan en el barrio de San Francisco, en Bilbao. Antes un barrio donde vivían mineros, hoy los protagonistas son inmigrantes, putas, 19 cámaras de vigilancia y a veces la Ertzaintza (la policía autonómica vasca).
El personaje principal es Touré, un inmigrante sin papeles proveniente de Burkina Faso, quien se ve envuelto sin querer en algunos asuntos que tiene que resolver. A los dos libros no les falta humor ni buena escritura. La situación del barrio ("pequeña Africa", lo llama Touré) habla por sí sola sin necesidad de panfleto.
Nuestro inmigrante se presenta en los bares con una tarjeta desopilante, donde dice: "PROFESOR TOURE/ Gran vidente africano, con rapidez, eficacia y garantía." A partir de ahí le surgen muchos problemas y algunas soluciones. Me divertí leyéndolos y también me atrapó la trama y el Bilbao de hoy, lo que no es poco. Elsa K.
Colección Cosecha Roja de la editorial Erein.
19 Cámaras: 2012
612 Euros: 2013
jueves, 17 de abril de 2014
Jon Arretxe: 19 Cámaras y 612 Euros
miércoles, 19 de febrero de 2014
The love affairs of Nathaniel P.
Hola, blog, tanto tiempo. Pará que me sirvo un whisky y ya vengo. Listo, no le puse hielo porque afuera hace un frío de la hosita y hay muchísima nieve congelada en la calle, de esa que te hace resbalar y romperte un diente, y qué necesidad de colaborar con un par de cubitos con la causa invernal. Hace tiempo que quiero escribir sobre varios best-sellers que estuve leyendo últimamente. Mi yo de los 17 años estaría bastante indignada ante mis conductas inexplicables a la hora de elegir libros para el kindle, pero la pobre ya debe estar acostumbrada a horrorizarse con los excesos de su versión desmejorada de los 34 (pero también más en paz -al menos un poquito- con sigo misma). Acá van algunas reflexiones:
The love affairs of Nathaniel P.
Llegué a esta novela chusmeando la revista n+1, una publicación que sintentiza todo lo que me gustaría ser y no soy: intelectuales jóvenes que se la juegan por un proyecto artístico y político; gente educada pero sobre todo sensible que se enfrenta a las mismas miserias cotidianas que nosotros, el resto de los mortales (mirar basura en Netflix hasta que nuestra higiene personal se ve comprometida, no hablarles a los vecinos que permanentemente intentan hacer eye-contact con nosotros), pero que de alguna manera tiene el poder de convertirlo en algo más y así trascender (no pude evitar las itálicas, perdón). Cuestión que esta historia del escritor exitoso de Brooklyn que intenta, sin mucho éxito, mantenerse en relaciones más o menos comprometidas se convirtió en la favorita para los escasos días del pasado verano austral. Y no defraudó: es una novela muy divertida y fácil de leer (a pesar de varias palabras "difíciles" estratégicamente distribuidas) sobre el esnobismo del mundo supuestamente profundo de los jovenzuelos intelectuales que pueblan los cafés y bares de las zonas ya-gentrificadas-pero-todavía-no-tanto de nuestro querido Brooklyn. El bottom-line (spoiler alert!) es que a pesar de que Nate, el protagonista, se convenza de que quiere una chica bastante linda (aunque no espectacular), independiente e inteligente para compartir su vida, la posta es que necesita a una que esté buena y sea demandante, dependiente e intensa.
Bueno, tengo más para decir y quiero hablar de (algunos de) los otros best sellers que leí en estos días (Beatiful Ruins, A visit from the Goon Squad) pero son casi las dos de la madrugada y mañana, a diferencia de los aspirantes a escritores de esta ciudad, hay que levantarse temprano a laburar.
Llegué a esta novela chusmeando la revista n+1, una publicación que sintentiza todo lo que me gustaría ser y no soy: intelectuales jóvenes que se la juegan por un proyecto artístico y político; gente educada pero sobre todo sensible que se enfrenta a las mismas miserias cotidianas que nosotros, el resto de los mortales (mirar basura en Netflix hasta que nuestra higiene personal se ve comprometida, no hablarles a los vecinos que permanentemente intentan hacer eye-contact con nosotros), pero que de alguna manera tiene el poder de convertirlo en algo más y así trascender (no pude evitar las itálicas, perdón). Cuestión que esta historia del escritor exitoso de Brooklyn que intenta, sin mucho éxito, mantenerse en relaciones más o menos comprometidas se convirtió en la favorita para los escasos días del pasado verano austral. Y no defraudó: es una novela muy divertida y fácil de leer (a pesar de varias palabras "difíciles" estratégicamente distribuidas) sobre el esnobismo del mundo supuestamente profundo de los jovenzuelos intelectuales que pueblan los cafés y bares de las zonas ya-gentrificadas-pero-todavía-no-tanto de nuestro querido Brooklyn. El bottom-line (spoiler alert!) es que a pesar de que Nate, el protagonista, se convenza de que quiere una chica bastante linda (aunque no espectacular), independiente e inteligente para compartir su vida, la posta es que necesita a una que esté buena y sea demandante, dependiente e intensa.
Bueno, tengo más para decir y quiero hablar de (algunos de) los otros best sellers que leí en estos días (Beatiful Ruins, A visit from the Goon Squad) pero son casi las dos de la madrugada y mañana, a diferencia de los aspirantes a escritores de esta ciudad, hay que levantarse temprano a laburar.
miércoles, 8 de mayo de 2013
Crimen y castigo
Volví a los rusos. Justo había terminado de leer L.A. Confidential, de Ellroy ("el mejor libro que leí en mi vida," como diría mi abuela Ana después de terminar cualquier libro que le gustara) y bajé Crimen y castigo, "porque total es re cortito". No tengo idea de dónde saqué semejante pavada, probablemente haya sido algún efecto secundario de la locura de la tesis. Al final la novelita resultó ser bastante larga y terminarla me llevó más de un mes de viajes de subte (con algunas interrupciones producto de mi reciente adicción a los podcasts de This American Life). Como dice justlola en un post viejo, cuando empezás a leer un novelón ruso te querés arrancar los pelos del aburrimiento. Pero hay que tenerles paciencia: sin darte cuenta te vas enganchando y llega un momento en el que te descubrís calculando el tiempo que te falta para subirte a un subte y sentarte otra vez a leer.
Una de las cosas que más me colgó fue la relación de Rodia (Rodion Romanovich Raskolnikov; tengo que investigar cómo es el temita de los nombres propios y sus diferentes registros en ruso), el protagonista, con su hermana y con su madre. Es un triángulo sólido, resistente, donde cada uno está profundamente comprometido con los otros dos. A su manera, por supuesto: Rodia está en su viaje psicológico intergaláctico con el crimen que va a cometer/cometió, pero incluso en ese estado puede entender que el inminente casamiento de su su hermana la va a hacer terriblemente infeliz (a propósito: el personaje de su prometido, Luzhin, es divertidísimo). También es muy conmovedora la visita final que le hace a su mamá antes de confesar todo en la policía, en donde simultáneamente le rompe el corazón y la cuida con todo el amor del que es capaz. Tanto Dounia, la hermana, como Pulkheria Alexandrovna, la mamá, aparecen en un primer momento como devotas incondicionales del el varoncito de la familia, pero a mí me llamó mucho la atención el carácter fuerte de ambas, sus personalidades definidas y, sobre todo en el caso de Dounia, su independencia. En fin, me copé con la manera en que todas mujeres aparecen retratadas en la novela: hay una intensidad (o una tensión permanente, no termino de entenderlo) que las habita y las rodea.
Una de las cosas que más me colgó fue la relación de Rodia (Rodion Romanovich Raskolnikov; tengo que investigar cómo es el temita de los nombres propios y sus diferentes registros en ruso), el protagonista, con su hermana y con su madre. Es un triángulo sólido, resistente, donde cada uno está profundamente comprometido con los otros dos. A su manera, por supuesto: Rodia está en su viaje psicológico intergaláctico con el crimen que va a cometer/cometió, pero incluso en ese estado puede entender que el inminente casamiento de su su hermana la va a hacer terriblemente infeliz (a propósito: el personaje de su prometido, Luzhin, es divertidísimo). También es muy conmovedora la visita final que le hace a su mamá antes de confesar todo en la policía, en donde simultáneamente le rompe el corazón y la cuida con todo el amor del que es capaz. Tanto Dounia, la hermana, como Pulkheria Alexandrovna, la mamá, aparecen en un primer momento como devotas incondicionales del el varoncito de la familia, pero a mí me llamó mucho la atención el carácter fuerte de ambas, sus personalidades definidas y, sobre todo en el caso de Dounia, su independencia. En fin, me copé con la manera en que todas mujeres aparecen retratadas en la novela: hay una intensidad (o una tensión permanente, no termino de entenderlo) que las habita y las rodea.
miércoles, 6 de junio de 2012
La guerra y la paz: el regreso
Y sucedió. Finalmente, después de más de tres meses, la terminé. Estaba volviendo a Nueva York de las vacaciones de Navidad en Uruguay: en vez de en la playa y con el sol en la cara terminé la novela desmayada del aburrimiento en un vuelo demorado, mientras el avión daba vueltas sobre Nueva Jersey esperando permiso para aterrizar. Y enojadísima con Tolstoi. ¿Cómo pudiste hacerme esto, León? ¿Si sabés que no puedo dejar páginas sin leer? Al señor se le antojó agregar una especie de apéndice de miles de (bueno, más o menos cien) páginas con reflexiones eternas sobre la historia, la fatalidad, Napoleón y la mar en coche. Y María Mártir se las leyó toditas, vichando cada tanto cuánto faltaba, sin retener mucho y pensando en qué carajo leer cuando se terminara.
Es bastante triste admitir que me acuerdo de pocos detalles de la novela. Hubo, sin embargo, una parte que me impresionó mucho: casi al final Pierre anda vagabundeando por una Moscú desolada, destruida por las tropas de Napoleón, y de repente entiende en qué consiste el horror de la guerra. No está en los muertos, ni en los saqueos, ni en la destrucción: está en las caras de incomodidad (no de lástima, no de asco) de los soldados que disparan en los fusilamientos, la mayoría totalmente arbitrarios. Tolstoi cuenta cómo quieren liquidar rápido el trámite (en el sentido más burocrático posible) y lo absurdo de la situación transmite algo muy fuerte.
Con respecto a la parte del culebrón, me encantó que las historias de amor no terminaran en donde estamos acostumbrados (casamiento, procreación múltiple, perdices): hay un capítulo entero en el que podemos chusmetear la intimidad de estas familias varios años después. La novela muestra una cotidianidad muy reconfortante (con alguna puerta abierta, pero no mucho), sobre todo para los lectores que generalmente tenemos que apañárnoslas con un par de párrafos de felicidad resumida.
Posdata: Mi abuela se enfermó cuando yo estaba terminando la novela. Mi abuela, la que le decía Leningrado a San Petersburgo. La que conoció a Rusia por el acento de sus padres, que le provocaba muchísima vergüenza cuando era chiquita [los tres están en la foto]. Mi abuela Ana, que me habló de amor en nuestra última conversación.
Es bastante triste admitir que me acuerdo de pocos detalles de la novela. Hubo, sin embargo, una parte que me impresionó mucho: casi al final Pierre anda vagabundeando por una Moscú desolada, destruida por las tropas de Napoleón, y de repente entiende en qué consiste el horror de la guerra. No está en los muertos, ni en los saqueos, ni en la destrucción: está en las caras de incomodidad (no de lástima, no de asco) de los soldados que disparan en los fusilamientos, la mayoría totalmente arbitrarios. Tolstoi cuenta cómo quieren liquidar rápido el trámite (en el sentido más burocrático posible) y lo absurdo de la situación transmite algo muy fuerte.
Con respecto a la parte del culebrón, me encantó que las historias de amor no terminaran en donde estamos acostumbrados (casamiento, procreación múltiple, perdices): hay un capítulo entero en el que podemos chusmetear la intimidad de estas familias varios años después. La novela muestra una cotidianidad muy reconfortante (con alguna puerta abierta, pero no mucho), sobre todo para los lectores que generalmente tenemos que apañárnoslas con un par de párrafos de felicidad resumida.
Posdata: Mi abuela se enfermó cuando yo estaba terminando la novela. Mi abuela, la que le decía Leningrado a San Petersburgo. La que conoció a Rusia por el acento de sus padres, que le provocaba muchísima vergüenza cuando era chiquita [los tres están en la foto]. Mi abuela Ana, que me habló de amor en nuestra última conversación.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


