miércoles, 19 de febrero de 2014

The love affairs of Nathaniel P.

Hola, blog, tanto tiempo. Pará que me sirvo un whisky y ya vengo. Listo, no le puse hielo porque afuera hace un frío de la hosita y hay muchísima nieve congelada en la calle, de esa que te hace resbalar y romperte un diente, y qué necesidad de colaborar con un par de cubitos con la causa invernal. Hace tiempo que quiero escribir sobre varios best-sellers que estuve leyendo últimamente. Mi yo de los 17 años estaría bastante indignada ante mis conductas inexplicables a la hora de elegir libros para el kindle, pero la pobre ya debe estar acostumbrada a horrorizarse con los excesos de su versión desmejorada de los 34 (pero también más en paz -al menos un poquito- con sigo misma). Acá van algunas reflexiones:

The love affairs of Nathaniel P.
Llegué a esta novela chusmeando la revista n+1, una publicación que sintentiza todo lo que me gustaría ser y no soy: intelectuales jóvenes que se la juegan por un proyecto artístico y político; gente educada pero sobre todo sensible que se enfrenta a las mismas miserias cotidianas que nosotros, el resto de los mortales (mirar basura en Netflix hasta que nuestra higiene personal se ve comprometida, no hablarles a los vecinos que permanentemente intentan hacer eye-contact con nosotros), pero que de alguna manera tiene el poder de convertirlo en algo más y así trascender (no pude evitar las itálicas, perdón). Cuestión que esta historia del escritor exitoso de Brooklyn que intenta, sin mucho éxito, mantenerse en relaciones más o menos comprometidas se convirtió en la favorita para los escasos días del pasado verano austral. Y no defraudó: es una novela muy divertida y fácil de leer (a pesar de varias palabras "difíciles" estratégicamente distribuidas) sobre el esnobismo del mundo supuestamente profundo de los jovenzuelos intelectuales que pueblan los cafés y bares de las zonas ya-gentrificadas-pero-todavía-no-tanto de nuestro querido Brooklyn. El bottom-line (spoiler alert!) es que a pesar de que Nate, el protagonista, se convenza de que quiere una chica bastante linda (aunque no espectacular), independiente e inteligente para compartir su vida, la posta es que necesita a una que esté buena y sea demandante, dependiente e intensa.

Bueno, tengo más para decir y quiero hablar de (algunos de) los otros best sellers que leí en estos días (Beatiful Ruins, A visit from the Goon Squad) pero son casi las dos de la madrugada y mañana, a diferencia de los aspirantes a escritores de esta ciudad, hay que levantarse temprano a laburar.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Crimen y castigo

Volví a los rusos. Justo había terminado de leer L.A. Confidential, de Ellroy ("el mejor libro que leí en mi vida," como diría mi abuela Ana después de terminar cualquier libro que le gustara) y bajé Crimen y castigo, "porque total es re cortito". No tengo idea de dónde saqué semejante pavada, probablemente haya sido algún efecto secundario de la locura de la tesis. Al final la novelita resultó ser bastante larga y terminarla me llevó más de un mes de viajes de subte (con algunas interrupciones producto de mi reciente adicción a los podcasts de This American Life). Como dice justlola en un post viejo, cuando empezás a leer un novelón ruso te querés arrancar los pelos del aburrimiento. Pero hay que tenerles paciencia: sin darte cuenta te vas enganchando y llega un momento en el que te descubrís calculando el tiempo que te falta para subirte a un subte y sentarte otra vez a leer.

Una de las cosas que más me colgó fue la relación de Rodia (Rodion Romanovich Raskolnikov; tengo que investigar cómo es el temita de los nombres propios y sus diferentes registros en ruso), el protagonista, con su hermana y con su madre. Es un triángulo sólido,  resistente, donde cada uno está profundamente comprometido con los otros dos. A su manera, por supuesto: Rodia está en su viaje psicológico intergaláctico con el crimen que va a cometer/cometió, pero incluso en ese estado puede entender que el inminente casamiento de su su hermana la va a hacer terriblemente infeliz (a propósito: el personaje de su prometido, Luzhin, es divertidísimo). También es muy conmovedora la visita final que le hace a su mamá antes de confesar todo en la policía, en donde simultáneamente le rompe el corazón y la cuida con todo el amor del que es capaz. Tanto Dounia, la hermana, como Pulkheria Alexandrovna, la mamá, aparecen en un primer momento como devotas incondicionales del el varoncito de la familia, pero a mí me llamó mucho la atención el carácter fuerte de ambas, sus personalidades definidas y, sobre todo en el caso de Dounia, su independencia. En fin, me copé con la manera en que todas mujeres aparecen retratadas en la novela: hay una intensidad (o una tensión permanente, no termino de entenderlo) que las habita y las rodea. 

miércoles, 6 de junio de 2012

La guerra y la paz: el regreso

Y sucedió. Finalmente, después de más de tres meses, la terminé. Estaba volviendo a Nueva York de las vacaciones de Navidad en Uruguay: en vez de en la playa y con el sol en la cara terminé la novela desmayada del aburrimiento en un vuelo demorado, mientras el avión daba vueltas sobre Nueva Jersey esperando permiso para aterrizar. Y enojadísima con Tolstoi. ¿Cómo pudiste hacerme esto, León? ¿Si sabés que no puedo dejar páginas sin leer? Al señor se le antojó agregar una especie de apéndice de miles de (bueno, más o menos cien) páginas con reflexiones eternas sobre la historia, la fatalidad, Napoleón y la mar en coche. Y María Mártir se las leyó toditas, vichando cada tanto cuánto faltaba, sin retener mucho y pensando en qué carajo leer cuando se terminara.

Es bastante triste admitir que me acuerdo de pocos detalles de la novela. Hubo, sin embargo, una parte que me impresionó mucho: casi al final Pierre anda vagabundeando por una Moscú desolada, destruida por las tropas de Napoleón, y de repente entiende en qué consiste el horror de la guerra. No está en los muertos, ni en los saqueos, ni en la destrucción: está en las caras de incomodidad (no de lástima, no de asco) de los soldados que disparan en los fusilamientos, la mayoría totalmente arbitrarios. Tolstoi cuenta cómo quieren liquidar rápido el trámite (en el sentido más burocrático posible) y lo absurdo de la situación transmite algo muy fuerte.

Con respecto a la parte del culebrón, me encantó que las historias de amor no terminaran en donde estamos acostumbrados (casamiento, procreación múltiple, perdices): hay un capítulo entero en el que podemos chusmetear la intimidad de estas familias varios años después. La novela muestra una cotidianidad muy reconfortante (con alguna puerta abierta, pero no mucho), sobre todo para los lectores que generalmente tenemos que apañárnoslas con un par de párrafos de felicidad resumida.

Posdata: Mi abuela se enfermó cuando yo estaba terminando la novela. Mi abuela, la que le decía Leningrado a San Petersburgo. La que conoció a Rusia por el acento de sus padres, que le provocaba muchísima vergüenza cuando era chiquita [los tres están en la foto]. Mi abuela Ana, que me habló de amor en nuestra última conversación.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

La guerra y la paz

A fines de 2005 nos fuimos en auto a Italia con mi novio de ese momento y, ¿quién más?, mi prima Male. Nosotros vivíamos en Toulouse y ella en Londres, y nos pasamos todo el viaje charlando sin parar, haciendo planes para cuando volviéramos a Buenos Aires y Montevideo. Entre otras boludeces hicimos nuestras respectivas listas con resoluciones de fin de año y en ambas figuraba leer "La guerra y la paz".

No sé si es porque las dos compartimos bisabuelos medio-rusos-medio-polacos, pero lo cierto es que el libro forma parte de la mística familiar; en la biblioteca de mi vieja, por ejemplo, siguen estando los seis tomos de una edición bastante antigua (y hecha paté) y cuando vivíamos juntas cada vez que una amiga mía le pedía que le recomendara algo para leer le daba el primer tomo e insistía en que se lo llevara a toda costa (en realidad eso pasó con una de mis amigas, pero en este blog no tenemos pretensión de verdad ni verosimilitud alguna). "Al principio te vas a confundir con los nombres, que parecen todos iguales, pero te vas a enganchar y lo vas a adorar", decía.

Male lo leyó, si no me acuerdo mal, en el verano de 2009. Yo me compré una edición en inglés algunos meses después de ese viaje a Italia y la empecé a leer al poco tiempo, pero el ladrillo de mil y pico de páginas era tan incómodo de transportar y de leer que desistí a la quinta hoja. Así que quedó, junto con aprender alemán y hacer deporte, en éter de las resoluciones incumplidas.

Cuando, hace poco, me compré un kindle, tuve la maravillosa idea de retomarlo. El peso no iba a ser un problema y como había terminado un par de novelas cortas en pocos días de viajes de subte no me molestaba la idea de leer algo largo. Qué ingenua. Hace más de un mes que lo estoy leyendo y todavía no llegué ni a un tercio. Me engancho con la parte del chusmerío de la nobleza rusa pero me aburro soberanamente en las batallas y todo lo que tenga que ver con la guerra. Male me dijo que ella se salteaba capítulos enteros, pero María Fundamentalista no puede. Así que calculo que terminaré de leer la novela en enero, en alguna playa de Uruguay.